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Testigos de la Luz

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miércoles, 7 de marzo de 2012

“Ayudarnos entre nosotros para ayudar a los demás”


Este es uno de los principales lemas del Movimiento de Vida cristiana y es a la vez una muestra irrefutable del espíritu de caridad en común que se vive igualmente en la Iglesia. Ahondar en el misterio de la caridad, es ahondar a su vez en el misterio del Amor. Dios es Amor.

«El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado»[1] nos dice San pablo. Así se abre ante nosotros la perspectiva del amor, no como un fruto de la acción del hombre, sino más bien como algo que nace más allá del propio hombre. Una perspectiva que deja entrever lo esencial de la naturaleza humana, su característica más honda y constitutiva. El hombre es un ser creado del amor para amar. La meta a la que todo ser humano se ve llamado desde lo profundo de su interior consiste en vivir a plenitud eso que es propio de su ser y de su naturaleza. En la encarnación del Verbo vemos explicitada esta verdad tan fundamental para el ser humano, «Cristo nuestro Señor […] manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación»[2].

Ayudarnos entre nosotros…

«Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado»[3] dice Jesús -en lo que el evangelio de san Juan llama “las despedidas”- a sus discípulos. Cristo sabe que es el amor la fuente de la vida, que el hombre necesita amar y ser amado; que es en el amor donde todo ser humano se encuentra en una misteriosa y a la vez preciosísima comunión con la trinidad y por eso nos dice “amaos unos a otros”. La novedad –por así llamarlo- del amor humano recae en la donación de sí. Existe en el corazón de la persona una necesidad apremiante, muchas veces asfixiante de dar y compartir de lo que es suyo. A la vez ese donar de sí mismo que experimenta la persona es además saber acoger y recibir al otro que también se dona, comparte y se compromete a sí mismo por el acto de donarse[4]

El mandamiento del amor implica de fondo una corresponsabilidad espiritual que se hace concreta en los gestos del amor divino que la persona puede replicar entre quienes lo rodean. Los talentos y dones de cada uno no son para ser almacenados en estanterías de bodega ni para ser desperdiciados, sino para el eficaz despliegue del amor en coordenadas de servicio a los demás y ayuda solidaria para aquellos que más lo necesitan.

“nadie da lo que no tiene” solemos muchas veces decir. Pero ese dar de lo que se tiene no es solo lo que cada uno puede dar desde lo que es propiamente suyo, implica además cuanto se pueda acoger de los demás que lo rodean para el propio crecimiento y un mejor apostolado. “Ningún hombre es una isla” es el título del famoso libro de Thomas Merton y es verdaderamente cierto, lo seres humanos llevamos en el corazón la impronta de la comunidad; somos seres de naturaleza relacional y no es producto de la casualidad o adaptación al ambiente –como podrían alegar no pocos racionalistas modernos o también algunos fanáticos del evolucionismo- sino más bien es el amor que constituye el ser del hombre que es en sí mismo comunión y que invita a quien se deja tocar por el amor a amar.

…para ayudar a los demás

«Ser solidario es ayudar a llevar las cargas de los demás, en especial las de aquellos que más sufren y que se encuentran más necesitados, de los pobres de bienes materiales y de los carentes de bienes del espíritu»[5]. Como veníamos diciendo el amor es una fuerza expansiva, el hombre no puede contenerlo dentro de sí y no compartirlo; su fuerza es tan grande que invita a quien lo vive a expresarlo a otros en formas concretas de ayuda solidaria y humana.

Una cultura de la solidaridad fraterna, expresión de esa comunión de amor entre los seres humanos, conlleva la plasmación social de ese espíritu «que ha sido derramado en nuestros corazones»[6] Dios toma la iniciativa de invitarnos a vivir el amor con la firme esperanza de que podamos también nosotros reproducirlo desde nuestras realidades concretas; cada uno desde su propia vocación particular.  Esa caridad social a la que nos vemos también invitados por el amor conlleva «un esfuerzo consciente y decidido por trabajar en beneficio del auténtico desarrollo de la persona humana, pasando de condiciones menos humanas de vida a condiciones más humanas»[7].

El amor es una fuerza difusiva en sí misma y en la medida en que más podamos acoger al amor y a la reconciliación que ello conlleva en la vida de cada persona nos veremos al mismo tiempo mayormente capacitados para amar intensivamente y cada vez en maneras más diversas y abarcables a Dios, a nosotros mismos, a nuestros hermanos y a la creación toda.


[1] Ver Rm. 5,5
[2] GS. 22
[3] Jn. 15, 12
[4] Ver Figari, Luis Fernando. “Catequesis sobre el Amor” en Formación y Misión, Pg. 17. Vida y Espiritualidad, Lima, 2008.
[5] Figari, Luis Fernando. “Santa María portadora de la Buena Nueva” en Haced lo que Él os diga. Pg. 191. Instituto de Desarrollo Integral de la Persona, Santiago de Guayaquil. 2009
[6] Ver Rm. 5, 5.
[7] Regal V., Eduardo. La ética cristiana, camino de la vida personal y social. Pg. 31. Vida y Espiritualidad. Lima. 2009.

miércoles, 15 de febrero de 2012

“Oración para la vida y el apostolado, vida y apostolado hechos oración”

La oración es ese camino de dialogo con Dios, esa «cadena de oro fino» que une verdaderamente a Dios con los hombres. No por nada nos dice el Señor «cuando dos o más estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio ellos».

Son innumerables la cantidad de sectas y movimientos que hoy profundizan en técnicas meditacionales, caminos de relajación –o de encuentro como los llaman también- desde las más arcaicas hasta exóticas en su fondo y forma. El florecimiento de estos “novedosos caminos actuales” nos habla de la profunda necesidad del hombre de encontrarse con Dios, nos hablan de su profunda hambre de más; de su nostalgia de infinito. Todo esto si lo contrastamos con la cultura de lo superficial que hoy se encuentra en todos lados; nos habla. El hombre tiene necesidad de Dios, le es natural esa tensión a Él y lo reconoce y lo busca.

«El dialogo con Dios se enraíza en la naturaleza misma del ser humano, en su anhelo de encuentro pleno» por esto se puede afirmar –como nos dice Luis Fernando Figari- que  «la oración responde a la intranquilidad que hay en el corazón del hombre […] le es esencial». Es el mismo Señor el que nos invita constantemente a velar y orar. «Orad siempre sin desfallecer».

Nuestra oración es esa respuesta a la respuesta que Dios nos ha dado queriéndose acercar a nosotros. Es la respuesta a nuestra identidad, el contacto con nuestro interior nos lleva siempre al contacto directo con Dios pues al participar de su ser nos ha dado la capacidad de compartir con Él toda nuestra vida.

Cuando hablamos de oración para la vida y el apostolado hablamos de que esa oración ganada a fuerza de momentos de encuentro con Dios debe iluminar toda nuestra vida, todas nuestras acciones.  Todo en nosotros debe reflejar aquella respuesta de la que hablamos, ante esto María es un clarísimo ejemplo, su respuesta fiel en el “fiat” fue un momento de oración que ilumino toda su realidad y todas sus acciones cotidianas, no por nada muchos maestros espirituales la llaman “maestra de oración”. Así como María si nosotros pudiéramos hacer que toda nuestra vida sea respuesta al Plan de Dios, haríamos que cada cosa del día fuera en sí misma oración. Una oración continua. Es donde entramos en que la vida y el apostolado son hechos oración.

Juan Pablo II dirá que «Jesús de Nazaret oraba todo el tiempo sin desfallecer; la oración era la vida de su alma y toda su vida era oración».  En el modelo de Jesús encontramos «un perfecto ejemplo de cómo se deben unir estas dos realidades; la constante comunión con el Padre y la vida intensamente activa».
Sin esta unidad se corre el profundo riesgo de la desorientación, de las lamentaciones. San Juan Berchmans dice que «toda apostasía en la religión tiene su origen en la falta de oración» y con razón lo dice pues el que deja de rezar pierde el horizonte, descarrea del camino, poco a poco, cada vez más.  Caer en activismos no es nunca la respuesta, ser apóstoles supone que seamos además de hombres de acción, hombres de oración.

Aspirar a que toda nuestra vida y nuestro apostolado sean oración supone la concatenación, la unión, de esos momentos fuertes de oración en donde dialogamos como amigos con Dios y la consagración cotidiana de todas nuestras actividades, gestos, palabras y pensamientos a Dios que es donde nos encontramos con Él como ese Dios cercano que busca acercarse a nosotros.  Así «Todo acto es oración si es don de sí para llegar a ser» nos dice Saint-Exupèry. Esto por supuesto constituye todo un programa de vida. Un vivir cada vez más comprometidamente una “espiritualidad de lo cotidiano” que a medida que la practicamos nos va asemejando al Señor, nos va conformando a Él “modelo del hombre nuevo” haciendo que toda nuestra existencia se despliegue «en una vida santa y en un apostolado fecundo».