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Testigos de la Luz

lunes, 9 de mayo de 2011

Santos de nuestro tiempo, semillas fecundas de una vida nueva

En este último tiempo, sin darnos cuenta surgen en la iglesia un sin fin de Santos y Beatos al rededor de todo el mundo. Desde el año 2000 en adelante en el Pontificado de Juan Pablo II han habido más de 14 celebraciones litúrgicas para canonizaciones en donde se canonizaron a más de 35 Santos elevados a los altares y sin contar la innumerable cantidad de beatos proclamados por el mismo pontífice. Desde 2005 la cantidad de beatos proclamados por el nuevo Sucesor de San Pedro, Benedicto XVI, va por cantidades celestiales. ahora mencionaremos de manera sencilla algunos de los personajes que han sido elevados a la dignidad de Beatos dignos de veneración entre los períodos 2006 y 20011:


  • Beato Padre Jose Olallo Valdes(camagüey)
  • beatos Pedro Kibe Kasui y 187 compañeros mártires (Nagasaki, Japón)
  • beatos Luis martín y Celia Guérin (Lisieux, Francia)
  • Beata Madre Josefa Hendrina Stenmanns (Steyl-Telegen, Holanda)
  • Beato Santiago de Ghazir (beirut, Libano)
  • beata María Josefína de Jesús Crucificado (Nápoles, Italia)
  • Edith Stein
  • San Antonio de San Ana Galvao (Brásil)
  • San Alberto Hurtado (Santiago de Chile - Chile)
  • San damián de Molokai
  • San Félix de Nicosia (Sicilia, Italia)
  • Beato Felipe Smaldone (Nápoles, Italia)
  • San Jorge Precca (Malta)
  • San Rafael Guizar y Valencia (México)
  • Juan Pablo II (Wadowice, Polonia)


Esto es solo una pequeña muestra, la lista es realmente algo grande y que amerita ser leído con detenimiento y gozo. Ellos son la prueba visible de que la Palabra de Dios es siempre actual y siempre apelante, dejémonos tocar por sus vidas, interpelar por su heroicidad de virtudes, por su sencillez, su cotidianidad, su profundo amor al Señor Jesús y a María Santísima. Aprendamos de ellos cada vez mejor a construir desde sus cimientos una sociedad santa; cada vez más justa y reconciliada.

les dejamos un link a la página oficial de la Congregación para las Causas de los Santos en donde podrán leer  acerca de la vida de estos Santos y Beatos de nuestro tiempo:
http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/csaints/index_sp.htm

martes, 3 de mayo de 2011

Si pudieras tener el mundo entre tus manos...


Tras haber leído está caricatura de Mafalda es fácil ponerse a pensar en cómo nos identificamos muchas veces con esta misma actitud. Muchas veces pensamos que el mundo nos cabe en la palma de la mano o tenemos esa tendencia a reducirlo todo a nuestro entendimiento y lo encasillamos dentro de eso.  Todo lo veo según el filtro de mis propias limitaciones de conocimiento, reducimos el “todo” a lo que solo yo puedo ver. Muchos denominan a este proceso “reduccionismo gnoseológico o metodológico” ahora explicaremos de manera sencilla algunas características de este proceso reduccionista y sus aplicaciones consientes o inconscientes en nuestra vida diaria.

Jorge Serrano[1] definía el reduccionismo metodológico como «la reconstrucción de la teoría en términos de su visión reducida del mundo»[2], es decir, que la persona apropia la realidad a sus concepciones de lo que conoce y puede ver y vemos pues que deja de lado innumerables datos objetivos de la realidad que él no conoce o no maneja. Y así nos vamos introduciendo poco a poco en el hábito de tener esa mirada reducida hacia la realidad, que de alguna manera explica la razón de ser de la cultura de la evasión que vivimos en nuestros días.
La historia nos dice que esto no comenzó con el Dr. Jorge Serrano. Vemos por ejemplo que La idea de reduccionismo fue introducida por Descartes en la parte V de sus Discursos (1637). Como la idea de que la explicación de las cosas -como las explicaciones científicas- deben ser reducidas continuamente a las entidades más simples posibles[3]
El hombre de por sí, para explicar la realidad, toma elementos de la realidad que conoce para tratar de explicar o dar sentido a aquello que no conoce o que no comprende en su totalidad, pero en esta línea hay un hilo muy fino entre encasillarme en solo lo que conozco y mirar la realidad a mi manera como en un solipsismo subjetivista[4] o en aproximarme desde mi conocimiento a esa realidad y dejar que esta nueva realidad –que desconozco- me ilumine con lo que me tiene que revelar.

Muchas veces pasa que nos dejamos llevar solo por lo que logramos entender o lo que queremos ver, buscamos reducir la realidad a cosas simples que no nos gasten tiempo, que sean fáciles de asimilar. Tal vez sea –en el caso de alguna situación dolorosa- no querer afrontar el dolor, tal vez la necesidad de tener que decidir, tal vez el miedo a romper en mi interior conmigo mismo, tal vez porque es más cómodo verlo todo desde un matiz, tal vez porque así no me juego, tal vez porque tengo miedo a que ello me cambie y no quiero. Podríamos encontrar mil tal vez para tratar de explicar esta situación. Es relativamente fácil describirla en términos de conceptos para entender el pensamiento; sus orígenes y consecuencias, pero verlo en nuestro día a día y ser consientes de ello es lo que nos va a llevar a superar esta actitud de reducirlo todo a mis parámetros. Espero que esto nos ayude a entender cómo debemos ver la realidad y como debemos también acogerla en nuestras vidas y dejar que ilumine nuestro caminar constantemente.


[1] Doctor en psiquiatría, España.
[2] Ver Abraham Nosnick, Estudios de Filosifia-historia-letras, 1986.
[3] Ver descartes, DISCURSOS, ensayos sobre filosofía y materia
[4] Diccionario de la RAE, ver solipsismo y subjetivista: entiendase que nos referimos aquí al claustro de la persona que se encierra en su burbuja personal y que manipula la realidad a su modo desde sus experiencias, emociones y paradigmas personales y que no concibe nada fuera de ello. 

domingo, 1 de mayo de 2011

Un santo del siglo XX

Homilía del Santo Padre Benedicto XVI en la Beatificación de su predecesor Juan Pablo II, mayo 1 del 2011


Queridos hermanos y hermanas.

Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él. Por eso, he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato.

Deseo dirigir un cordial saludo a todos los que, en número tan grande, desde todo el mundo, habéis venido a Roma, para esta feliz circunstancia, a los señores cardenales, a los patriarcas de las Iglesias católicas orientales, hermanos en el episcopado y el sacerdocio, delegaciones oficiales, embajadores y autoridades, personas consagradas y fieles laicos, y lo extiendo a todos los que se unen a nosotros a través de la radio y la televisión.

Éste es el segundo domingo de Pascua, que el beato Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia. Por eso se eligió este día para la celebración de hoy, porque mi Predecesor, gracias a un designio providencial, entregó el espíritu a Dios precisamente en la tarde de la vigilia de esta fiesta. Además, hoy es el primer día del mes de mayo, el mes de María; y es también la memoria de san José obrero. Estos elementos contribuyen a enriquecer nuestra oración, nos ayudan a nosotros que todavía peregrinamos en el tiempo y el espacio. En cambio, qué diferente es la fiesta en el Cielo entre los ángeles y santos. Y, sin embargo, hay un solo Dios, y un Cristo Señor que, como un puente une la tierra y el cielo, y nosotros nos sentimos en este momento más cerca que nunca, como participando de la Liturgia celestial.

«Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). En el evangelio de hoy, Jesús pronuncia esta bienaventuranza: la bienaventuranza de la fe. Nos concierne de un modo particular, porque estamos reunidos precisamente para celebrar una beatificación, y más aún porque hoy un Papa ha sido proclamado Beato, un Sucesor de Pedro, llamado a confirmar en la fe a los hermanos. Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa, apostólica. E inmediatamente recordamos otra bienaventuranza: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16, 17). ¿Qué es lo que el Padre celestial reveló a Simón? Que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Por esta fe Simón se convierte en «Pedro», la roca sobre la que Jesús edifica su Iglesia. La bienaventuranza eterna de Juan Pablo II, que la Iglesia tiene el gozo de proclamar hoy, está incluida en estas palabras de Cristo: «Dichoso, tú, Simón» y «Dichosos los que crean sin haber visto». Ésta es la bienaventuranza de la fe, que también Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo.

Pero nuestro pensamiento se dirige a otra bienaventuranza, que en el evangelio precede a todas las demás. Es la de la Virgen María, la Madre del Redentor. A ella, que acababa de concebir a Jesús en su seno, santa Isabel le dice: «Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45). La bienaventuranza de la fe tiene su modelo en María, y todos nos alegramos de que la beatificación de Juan Pablo II tenga lugar en el primer día del mes mariano, bajo la mirada maternal de Aquella que, con su fe, sostuvo la fe de los Apóstoles, y sostiene continuamente la fe de sus sucesores, especialmente de los que han sido llamados a ocupar la cátedra de Pedro. María no aparece en las narraciones de la resurrección de Cristo, pero su presencia está como oculta en todas partes: ella es la Madre a la que Jesús confió cada uno de los discípulos y toda la comunidad. De modo particular, notamos que la presencia efectiva y materna de María ha sido registrada por san Juan y san Lucas en los contextos que preceden a los del evangelio de hoy y de la primera lectura: en la narración de la muerte de Jesús, donde María aparece al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25); y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, que la presentan en medio de los discípulos reunidos en oración en el cenáculo (cf. Hch. 1, 14).

También la segunda lectura de hoy nos habla de la fe, y es precisamente san Pedro quien escribe, lleno de entusiasmo espiritual, indicando a los nuevos bautizados las razones de su esperanza y su alegría. Me complace observar que en este pasaje, al comienzo de su Primera carta, Pedro no se expresa en un modo exhortativo, sino indicativo; escribe, en efecto: «Por ello os alegráis», y añade: «No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación» (1 P 1, 6.8-9). Todo está en indicativo porque hay una nueva realidad, generada por la resurrección de Cristo, una realidad accesible a la fe. «Es el Señor quien lo ha hecho -dice el Salmo (118, 23)- ha sido un milagro patente», patente a los ojos de la fe.

Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, como afirma la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium. Todos los miembros del Pueblo de Dios -Obispos, sacerdotes, diáconos, fieles laicos, religiosos, religiosas- estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen María, asociada de modo singular y perfecto al misterio de Cristo y de la Iglesia. Karol Wojtyła, primero como Obispo Auxiliar y después como Arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera. Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre. Un icono que se encuentra en el evangelio de Juan (19, 25-27) y que quedó sintetizado en el escudo episcopal y posteriormente papal de Karol Wojtyła: una cruz de oro, una «eme» abajo, a la derecha, y el lema: «Totus tuus», que corresponde a la célebre expresión de san Luis María Grignion de Monfort, en la que Karol Wojtyła encontró un principio fundamental para su vida: «Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum, Maria -Soy todo tuyo y todo cuanto tengo es tuyo. Tú eres mi todo, oh María; préstame tu corazón». (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 266).

El nuevo Beato escribió en su testamento: «Cuando, en el día 16 de octubre de 1978, el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszyński, me dijo: “La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio”». Y añadía: «Deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo. Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado». ¿Y cuál es esta «causa»? Es la misma que Juan Pablo II anunció en su primera Misa solemne en la Plaza de San Pedro, con las memorables palabras: «¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás.

Karol Wojtyła subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su «timonel», el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar «umbral de la esperanza». Sí, él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al Cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia. Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el Cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de «adviento», con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz.

Quisiera finalmente dar gracias también a Dios por la experiencia personal que me concedió, de colaborar durante mucho tiempo con el beato Papa Juan Pablo II. Ya antes había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona. Su profundidad espiritual y la riqueza de sus intuiciones sostenían mi servicio. El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio. Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una «roca», como Cristo quería. Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Eucaristía.

¡Dichoso tú, amado Papa Juan Pablo, porque has creído! Te rogamos que continúes sosteniendo desde el Cielo la fe del Pueblo de Dios. Amén.